Libro IILos dieciséis años369–370
Llora amargamente el año decimosexto de su edad, en que, apartado de los estudios, estuvo en su casa y se dejó llevar de los halagos de la lascivia, y se entregó a una vida derramada y licenciosa
Agustín tiene 16 años. Ha vuelto de estudiar en Madaura y pasa un año entero en casa, en Tagaste, sin clases, mientras su padre reúne el dinero para enviarlo a Cartago. Sin ocupación, con el despertar del deseo y rodeado de amigos que presumen de sus aventuras, se deja arrastrar.
Es un libro corto, con dos mitades. En la primera (capítulos 1 a 3) cuenta la adolescencia, el deseo y el ambiente de su casa. En la segunda (capítulos 4 a 10) cuenta un episodio mínimo, robar unas peras, y lo examina como si fuera un caso de laboratorio: ¿por qué hacemos el mal, incluso cuando no ganamos nada con ello? Pocas páginas de la literatura cristiana han sido tan comentadas.
Capítulos
- I · Recordar para amar
- II · Amar y ser amado
- III · Un año sin estudios
- IV · El robo de las peras
- V · Nadie peca sin motivo
- VI · Los vicios imitan a Dios
- VII · Gracias por lo perdonado
- VIII · No lo habría hecho solo
- IX · Amistad enemiga
- X · La región de la miseria
Capítulo IRecordar para amar
De su adolescencia y vicios de aquella edad
1. Quiero traer a la memoria mis fealdades pasadas y las torpezas carnales que causaron la corrupción de mi alma; no porque las ame ya, Dios mío, sino para excitarme más a vuestro amor. Correspondiendo a vuestro amor hago esto, recorriendo mis perversos caminos con pena y amargura de mi alma, para que Vos, Señor, seáis dulce para mí, dulzura verdadera, dulzura felicísima y segura; y me reunáis y saquéis de la disipación y distraimiento1 que ha dividido mi corazón en tantos trozos como objetos ha amado diferentes, mientras he estado separado de Vos, que sois la eterna y soberana Unidad.
En algún tiempo de mi adolescencia2 deseaba ardientemente saciarme de estas cosas de acá abajo, y al modo que un árbol nuevo brota por todas partes espesas y frondosas ramas, yo también me entregué osadamente a varios y sombríos afectos y pasiones, con lo cual se afeó la hermosura de mi alma, y agradándome a mí mismo, deseando agradar y parecer bien a los ojos de los hombres, vine a ser hediondez y corrupción en los vuestros.
Notas
Comentario
Antes de contar nada, Agustín explica por qué lo cuenta. No es nostalgia ni morbo: recordar el mal del que Dios lo sacó es una forma de agradecer y de amar más.
La imagen central es la del corazón partido en trozos, uno por cada cosa que amó lejos de Dios. Frente a eso, Dios es «la Unidad». Pecar, para Agustín, no es solo hacer cosas malas: es dispersarse, dejar de ser uno mismo.
Capítulo IIAmar y ser amado
Cómo a los dieciséis años se entregó a amores impuros
2. ¿Y qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado1? Pero en esto no guardaba yo el modo que debe haber en amarse las almas mutuamente, que son los límites claros y lustrosos a que se ha de ceñir la verdadera amistad, sino que levantándose nieblas y vapores del cenagal de mi concupiscencia y pubertad, anublaban y oscurecían mi corazón y espíritu de tal modo, que no discernía entre la clara serenidad del amor casto y la inquietud tenebrosa2 del amor impuro. Uno y otro hervían confusamente en mi corazón, y entrambos arrebataban mi flaca edad, llevándola por unos precipicios de deseos desordenados, y me sumergían en un piélago de maldades.
Vos, Señor, estabais muy irritado contra mí, y yo no lo advertía ni reflexionaba. En pena del orgullo y soberbia de mi alma, me había puesto sordo con el ruido de la cadena de mi mortalidad3, que llevaba siempre arrastrando; me iba alejando de Vos, y Vos me dejabais ir; estaba abatido, derramado, perdido, hirviendo en torpezas, y Vos callabais, Dios mío. ¡Oh!, ¡qué tarde llegasteis a ser todo mi gozo!4 Callabais Vos entonces, y yo con soberbio abatimiento y con inquieto cansancio apartándome de Vos, iba prosiguiendo en buscar más y más gozos estériles, que eran como semillas que no me habían de producir otros frutos que penas, sentimientos y dolores.
3. ¡Ojalá hubiera habido quien arreglase aquella mi pasión que me era molesta!, ¡ojalá me hubieran reducido a un estado en que pudiese usar bien de las hermosuras de estas cosas terrenas y transitorias, haciéndome contener dentro de los justos límites que habéis señalado para el uso de las criaturas y de sus deleites! Para que así las olas impetuosas de mi juventud, si es que no podían tranquilizarse enteramente, a lo menos se detuviesen en la orilla y playa del matrimonio, usando solamente de él para la procreación, como prescribe y manda vuestra ley5, Dios mío y mi Señor, que habéis dado también la forma y regla a la propagación de nuestra carne mortal, como quien puede hacer tratables las espinas y abrojos6, que no se habían de padecer ni sentir en vuestro paraíso terreno. Porque vuestra benigna y favorable omnipotencia no nos desampara, ni se aleja de nosotros, aun cuando nosotros nos alejamos de Vos.
Ojalá que por lo menos hubiera puesto más cuidado en oír y atender al ruido de vuestras nubes7, que es la voz de vuestros Apóstoles, entre los cuales San Pablo, hablando de los casados, dice: No dejarán de tener tribulaciones en su carne, pero yo os perdono. Y a los otros dice: Al hombre le sería mejor no llegar a la mujer. Y después añade: El que está sin mujer, piensa en las cosas de Dios, y en cómo ha de agradarle; pero el que está casado piensa en las cosas del mundo, y en cómo ha de agradar a su mujer8. Estas voces había de haber escuchado atentamente, y por el reino de los cielos9 hubiera separado de mí todos esos deleites, y esperaría con mayor felicidad y paz gozar de vuestros abrazos.
4. Pero yo, infeliz de mí, me acaloré y fatigué siguiendo el ímpetu de mis pasiones, apartándome de Vos, y traspasando todos los límites justos que vuestra ley me había puesto y señalado. Es verdad que no me libré de vuestros castigos; mas ¿quién de los mortales podrá librarse de ellos? Porque Vos siempre estabais junto a mí castigándome misericordiosamente, y rociando de amarguísimos sinsabores todos mis placeres ilícitos, para que así buscase deleites cumplidos y sin mezcla de amarguras y disgustos. Mas no hubiera encontrado cosa alguna en que poder deleitarme de ese modo, fuera de Vos, Señor, fuera de Vos, cuya ley es tan suave, que fingís y aparentáis aspereza y penalidad en vuestros preceptos, y que si nos herís, es para sanarnos10; y si nos hacéis morir a nosotros mismos, es para que no muramos eternamente a Vos.
¡Dónde estaba yo, y cuán lejos de las delicias de vuestra casa andaba desterrado en el año decimosexto de mi edad! Entonces fue cuando tomó dominio sobre mí la concupiscencia, y yo me rendí a ella enteramente, lo cual, aunque no se tiene por deshonra entre los hombres, es ilícito y prohibido por vuestras leyes.
No cuidaron mis padres de evitar con el matrimonio mis caídas; y solamente cuidaron de que aprendiese a hablar bien y a saber formar una oración retórica y persuasiva.
Notas
Comentario
Agustín no dice que lo malo fuera querer amar. Lo que tenía era un deseo legítimo, «amar y ser amado», pero confundido: no distinguía la amistad serena del deseo turbio, y los dos le hervían juntos.
Por eso lamenta que nadie le ayudara a encauzarlo. Le habría gustado que el deseo llegara a la «playa del matrimonio», o que hubiera escuchado a san Pablo sobre la virginidad. Pero sus padres solo se preocupaban de que hablara bien.
Hay también una frase que conviene subrayar: «Vos callabais». Agustín sentía que Dios estaba en silencio. En el capítulo siguiente descubrirá que no era así: Dios le hablaba por boca de su madre.
Capítulo IIIUn año sin estudios
Del viaje que hizo a Cartago para continuar allí sus estudios y de los intentos de sus padres en orden a esto mismo
5. En aquel año se habían interrumpido mis estudios, porque habiendo yo vuelto de Madauro1, ciudad que estaba cerca de Tagaste, en la cual había estado aprendiendo letras humanas y la retórica, en este tiempo intermedio se iban juntando y previniendo los caudales necesarios para enviarme a continuar mis estudios a la ciudad de Cartago2, que estaba mucho más lejos, lo cual se intentó y efectuó más por animosa resolución de mi padre, que por la abundancia de sus riquezas, pues él era un vecino de Tagaste cuyas facultades y hacienda eran bien cortas3.
Pero ¿a quién refiero yo estas cosas? No os las cuento a Vos, Dios mío, sino que en presencia vuestra, y haciéndoos testigo de ello, las refiero y cuento a todo mi linaje, esto es, a todo el género humano4, en que verdaderamente se comprende cualquiera pequeña porción de hombres a cuyas manos vayan a dar estas mis letras y escritos. Y esto ¿con qué fin o para qué lo hago? Para que yo mismo y todos los que lo leyesen, pensemos y conozcamos desde cuán grande y profundísima distancia de vuestra suma bondad hemos de clamar todavía a Vos. Pero ¿qué cosa hay más próxima a vuestros oídos que semejantes clamores, si los acompaña el corazón confesándoos y la vida es regulada por la fe?
¿Quién había que entonces no llenase de elogios a mi padre, porque con unas expensas superiores a su hacienda me daba cuanto fuese necesario para ir a continuar los estudios tan lejos de mi patria, cuando se veía que otros ciudadanos mucho más ricos que mi padre no cuidaban de ejecutar otro tanto con sus hijos? Ni tampoco mi padre cuidaba de que yo adelantase en vuestro santo temor y servicio, ni de que viviese castamente, con tal que cultivase la elocuencia y me hiciese discreto y culto, aunque el campo de mi corazón, de quien Vos, Dios mío, sois el único, legítimo y verdadero dueño, estuviese desierto y sin cultivo5.
6. Luego, pues, que en dicho año decimosexto de mi edad comencé a estar en casa con mis padres, como estaba sin ocupación y apartado por entonces del estudio por falta de medios, crecieron tanto con la ociosidad las espinas de mi incontinencia, que me cubrían todo de pies a cabeza, y no había quien me las arrancara. Antes bien, al contrario, una vez que estando yo en el baño6 me vio mi padre con señas de pubertad, como lisonjeándose ya con la esperanza de tener nietos, se lo fue a contar a mi madre muy alegre y gozoso; mas era en fuerza de la embriaguez que padecen los hijos de este siglo, causada del vino invisible de su mal inclinada y perversa voluntad hacia las cosas de acá abajo; en cuya embriaguez vive este mundo olvidado de Vos, que sois su Criador, y amando en vuestro lugar a las criaturas. Mas como ya habíais comenzado a hacer templo vuestro del corazón de mi madre y a tener allí vuestra santa habitación (pues mi padre era sólo catecúmeno7, y había poco que lo era), mi madre se estremeció y sobresaltó con un piadoso temblor y santo miedo, pues aunque todavía no estaba yo bautizado, temió que seguiría aquellas torcidas sendas por donde caminan los que os vuelven las espaldas, en lugar de caminar mirando siempre a Vos.
7. Mas ¡ay de mí!, ¡ay Dios mío!, ¿cómo me atrevo a decir que Vos callabais, cuando yo me iba alejando más y más de Vos?, ¿acaso es verdad que callabais Vos, Dios mío, y no me llamabais? Pues ¿cúyas, sino vuestras, eran aquellas voces que resonaban en mis oídos, pronunciadas por boca de mi madre, fiel sierva vuestra, aunque nada de lo que me decía llegase a penetrar mi corazón, ni yo lo pusiese por obra? Porque bien me acuerdo de que mi madre deseaba mucho cogerme a solas, para amonestarme muy seria y encarecidamente (como lo ejecutó), que no tuviese trato ilícito con mujer alguna, y especialmente con mujer casada; pero a mí me parecían éstos unos consejos mujeriles8, a los cuales me daría vergüenza obedecer. Mas ellos eran recados y avisos vuestros que mi madre me llevaba, y yo no lo conocía. Juzgaba yo que Vos estabais callando cuando mi madre me hablaba, y no cesabais de llamarme por su boca; y despreciándola yo, Vos erais en ello el despreciado por mí, siendo yo un infeliz siervo vuestro, hijo de una sierva vuestra9.
Mas yo no conocía nada de esto y corría tan ciegamente al precipicio, que me avergonzaba de no ser tan desvergonzado como otros compañeros de mi edad, porque yo les oía jactarse de sus maldades, y gloriarse tanto más de ellas cuanto más feas eran y más torpes; con lo que me aficionaba a sus vicios, no sólo por el deleite, sino también por el deseo de alabanza. ¿Qué cosa hay más digna de menosprecio que el vicio? Y no obstante, para no ser menospreciado, me hacía yo más vicioso, y cuando no tenía algún suceso con que igualarme a otros más rematados y perdidos, suponía haberlo hecho, siendo falso, para que no les pareciese yo más despreciable por ser más inocente, y no me tuviesen en menos por ser más casto.
8. He aquí con qué compañeros iba yo paseando las calles y plazas de Babilonia10: me revolcaba en su cieno como si fuese en ungüentos olorosos, y para que me enlodase más y estuviese más tenazmente pegado a su inmundicia, el enemigo invisible me hollaba con sus pies en medio de ella, y me detenía allí engañado, porque era yo muy fácil de engañar en esto. Mi madre, que ya había huido del medio de Babilonia, pero que iba poco a poco en la retirada, aunque me había aconsejado la castidad, no cuidó de reprimirme con el matrimonio; si es que no pudiese por otros medios atajarse enteramente el daño que amenazaba lo que mi padre había dicho de mí, y que ella conocía bien que ya entonces me era muy perjudicial, y en adelante debía ser para mí muy expuesto y peligroso.
No procuró esto mi madre temiendo que con los lazos del matrimonio se frustrarían las esperanzas que de mí tenían; no digo la esperanza de la vida eterna que mi madre tenía puesta en Vos, sino la esperanza de mis adelantamientos en la carrera de los estudios, lo cual deseaban padre y madre con la mayor ansia; pero con esta diferencia, que aquél, pensando muy poco o nada en Vos, eran locuras y vanidades las que proyectaba acerca de mí; pero ésta consideraba que aquellos regulares y acostumbrados estudios de las ciencias, no sólo no me estorbarían, sino que también me ayudarían para conoceros algún día y poseeros. Así lo conjeturo, fundándome en lo que ahora me puedo acordar de las costumbres y genio de mis padres.
También para el juego y otras diversiones me aflojaban las riendas más de lo que pide una severidad prudente y moderada, dejándomelas sueltas para otros varios afectos, pasiones, y en todas estas cosas había una niebla oscura que me impedía ver la serenidad hermosa de vuestra verdad; y así de la abundancia de estos bienes abusaba yo, haciéndolos servir a la maldad.
Notas
Comentario
Un retrato de familia muy humano. Patricio se sacrifica económicamente por la carrera de su hijo, y todo el pueblo lo admira; pero no le importa cómo vive el muchacho. Cuando lo ve en los baños convertido ya en hombre, solo piensa en los nietos.
Mónica es distinta: se asusta, lo aconseja en privado, le pide castidad. Pero Agustín, ya obispo, también es honesto con ella: no buscó casarlo, porque temía que el matrimonio estorbara sus estudios. Ella también tenía sus ambiciones para él.
Y luego están los amigos. La escena es de hoy: presumen de sus conquistas, y Agustín, para no quedar como el más inocente del grupo, se inventa pecados que no ha cometido. Tenía vergüenza de no ser lo bastante desvergonzado.
¿Alguna vez fingiste ser «peor» de lo que eras para encajar en un grupo?
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Capítulo IVEl robo de las peras
De un hurto que hizo en compañía de otros
9. Vuestra ley, Señor, prohíbe y castiga el hurto; y esta ley de tal modo está grabada en el corazón del hombre1, que no hay maldad que baste para borrarla, porque ¿qué ladrón hay que pueda tolerar que otro le robe a él, aunque él esté abundante y el otro necesitado? Pues no obstante eso, yo quise hacer un hurto y lo hice efectivamente, sin que a ello me moviese la necesidad ni la escasez, sino el tedio de la virtud y la abundancia de mi maldad, porque hurté una cosa de que yo estaba sobrado, y de mucho mejor especie y calidad que lo que hurté. Ni tampoco quería aprovecharme de lo que iba a hurtar, sino que mi gusto estaba únicamente en el mismo hurto y pecado.
En una heredad, que estaba inmediata a una viña nuestra, había un peral2 cargado de peras, que ni eran hermosas a la vista ni sabrosas al gusto. No obstante eso, juntándonos unos cuantos perversos y malísimos muchachos, después de haber estado jugando y retozando en las eras, como teníamos de costumbre, fuimos a deshora de la noche a sacudir el peral y traernos las peras, de las cuales quitamos tantas, que todos veníamos muy cargados de ellas, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas después, o echarlas a los cerdos3, aunque algo de ellas comimos. En lo que ejecutamos una acción que no tenía para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida.
Ved aquí patente y descubierto mi corazón, Dios mío, ved aquí mi corazón, del cual habéis tenido misericordia, estando él en un profundo abismo de maldad y miseria. Que os diga, pues, mi corazón ahora: ¿qué es lo que allí buscaba yo o pretendía, para ser malo tan de balde, que mi malicia no tuviese otra causa que la malicia misma? Ella era abominable y fea, y no obstante yo la amaba; amé mi perdición, amé mi culpa4, pero de tal modo, que lo que amé no era lo defectuoso sino el defecto mismo. ¡Torpe bajeza de un alma, que dejándoos a Vos, que sois el apoyo y firmeza de su ser, busca su perdición y exterminio, y que no solamente apetece una cosa de que se ha de seguir afrenta o ignominia, sino que apetece y desea la ignominia misma!
Notas
Comentario
¿Por qué tantas páginas por unas peras? Precisamente porque son poca cosa. Agustín no tenía hambre, en casa había peras mejores, y casi todas acabaron con los cerdos. Es un pecado «químicamente puro»: sin necesidad, sin provecho, hecho solo porque estaba prohibido.
Por eso le sirve como caso de estudio. Si se entiende este pequeño robo, se entiende algo de todo pecado. Los capítulos siguientes son el análisis.
¿Recuerdas algo que hiciste solo porque estaba prohibido?
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Capítulo VNadie peca sin motivo
Que ninguno peca sin algún motivo
10. No se puede negar que los cuerpos que tienen algún brillo y hermosura, como el oro, la plata y los demás, son agradables y graciosos a la vista; también respecto del tacto es muy eficaz y poderoso aliciente la proporción y conformidad de una y otra carne; y a los demás sentidos les corresponde también su respectivo modo de tocar sus objetos que a cada uno le es propio y conveniente. Aun las honras temporales, la potestad de mandar y ser superior a otros, tienen su especie de hermosura y atractivo, de donde también nace como de su principio el deseo de la venganza; pero no obstante, para conseguir y gozar cualquiera de estas cosas, no se ha de salir, Señor, fuera de Vos, ni apartarse poco ni mucho de vuestra ley. La vida misma temporal que aquí gozamos tiene sus halagos, dulzuras y atractivos, ya por un cierto modo de hermosura que ella en sí tiene, ya por su correspondencia, conexión y enlace con todas las demás hermosuras inferiores. También es muy dulce y agradable la amistad humana1, porque con el nudo del amor hace de muchas almas una sola.
Por conseguir todas estas cosas y otras semejantes peca el hombre, cuando con inmoderada inclinación a ellas, siendo así que son los bienes más bajos e inferiores que hay, deja los mayores y soberanos bienes como son vuestra ley, vuestra verdad y a Vos mismo, que sois nuestro Señor y nuestro Dios. Es cierto que todas estas cosas inferiores tienen y nos comunican algunos deleites, pero no como los de mi Dios, que creó todas las cosas, porque en Él se deleitan eternamente los justos, y Él es todas las delicias de los rectos de corazón2.
11. Por eso, cuando se desea averiguar el motivo o causa que pudo haber para cometerse algún delito, no suele darse por averiguado hasta que se descubre que pudo ser el apetito y deseo de conseguir alguno de aquellos bienes que hemos calificado de inferiores y últimos entre todos, o el miedo de perderlos, porque en la realidad son hermosos y agradables, aunque respecto de los otros superiores, eternos y soberanos bienes, sean viles y despreciables.
Sucede, pues, que alguno comete un homicidio. ¿Qué motivo tuvo? Que amaba y quería para sí a la mujer del que mató, o quería alzarse con la hacienda del difunto, o quería robarle algo con que poder vivir, o temió que el otro le hiciese a él alguno de estos daños, o estaba ofendido de él anteriormente y le mató por vengarse. ¿Por ventura aquel hombre hubiera hecho el homicidio sin alguna causa y deleitándose solamente en el homicidio mismo? ¿Quién lo había de creer?
Aun en aquel malvado y cruel hombre (Catilina3) de quien se dijo que era más malo y cruel cuando lo era de balde y sin motivo, se señaló antes la causa de esto, diciendo: que lo hacía para que no se le entorpeciese con la ociosidad la mano o el corazón4. Pero esto mismo, ¿para qué o por qué lo procuraba? Para que, ejercitándose en aquellas crueldades, se pudiese apoderar de la ciudad de Roma y llegar a conseguir entonces sus honras, sus ejércitos y sus tesoros; y finalmente librarse del miedo y sujeción de las leyes y de los trabajos y molestias que padecía por la pobreza y escasez en que se hallaba, y por el conocimiento que tenía de sus maldades. Conque aun el mismo Catilina no amaba sus atrocidades por sí mismas, amaba otras cosas, y para conseguir éstas ejecutaba aquéllas.
Notas
Comentario
Aquí está el principio que Agustín necesita. Nadie hace el mal por el mal: siempre busca algo bueno, aunque sea pequeño (belleza, placer, honor, poder, dinero, amistad). El pecado consiste en preferir esos bienes menores al Bien mayor, que es Dios.
Es la misma idea con la que cerró el libro I, en el capítulo 20: su error de niño no era desear placer, honor o verdad, sino buscarlos en las criaturas y no en Dios. Y ahí está el problema de las peras: si todo pecado busca algún bien, ¿qué bien buscaba él?
Capítulo VILos vicios imitan a Dios
Que todas las cosas que nos incitan a pecar con apariencia de bien, solamente en Dios es donde son verdaderos y perfectos bienes
12. Pues, miserable de mí, ¿qué fue lo que yo busqué en el hurto que ejecuté en aquella noche a los dieciséis años de mi edad? Porque tal maldad no puede en sí misma tener nada de hermoso que pueda halagar siquiera para hablar de ella.
Las peras que hurtamos, sí que eran hermosas1, porque al fin eran criatura vuestra, Señor, que sois hermosísimo sobre todas las cosas, Creador de todas ellas, Dios sumamente bueno y sumo bien, y bien mío verdadero. Hermosas eran aquellas peras, Señor, pero no era su hermosura y bondad lo que mi alma apetecía. Porque tenía yo abundancia de otras mejores, y aquéllas las cogí solamente por hurtar, pues luego que las tuve, las arrojé, comiendo de aquel hurto solamente la maldad, con que me divertía y alegraba. Porque si entró en mi boca algo de aquellas peras, solamente el delito y la maldad era lo que para mi gusto las hizo sazonadas y sabrosas.
No obstante, ahora, Dios y Señor mío, indago y busco qué fue lo que en aquel hurto pudo deleitarme, y no hallo ni descubro en él hermosura ni bondad alguna. No digo tal hermosura y bondad como la que se halla en la justicia o en la prudencia; ni tampoco como la que se nota y advierte en el entendimiento del hombre, en la memoria, en los sentidos, en la vida vegetativa; ni como la bondad y hermosura de los astros con que se adornan los cielos, ni como la de la tierra y el mar llenos de sus mismas producciones, que por medio de la generación se van sucediendo las unas a las otras, pero ni aun siquiera como la falsa y aparente hermosura con que engañan los vicios al corazón del hombre.
13. Porque la soberbia procura remedar y parecerse a la excelencia y grandeza2; siendo Vos, Dios mío, el que únicamente sois grande y excelso sobre todas las cosas. Y la ambición, ¿qué busca sino honor y gloria, cuando Vos sois el único que debe ser honrado sobre todos y eternamente glorificado? También la crueldad de las potestades quiere ser temida; pero ¿quién lo debe ser más que Dios, de cuyo poder ninguna cosa hay que pueda librarse ni escaparse?, o ¿cuándo, en dónde, por quién, ni cómo puede? Las halagüeñas delicias de la sensualidad incitan a que las amen, pero no hay cosa alguna más deliciosa que vuestro amor y caridad, ni que se ame más útil y saludablemente que vuestra verdad, cuya belleza y resplandor no admite comparación alguna. La curiosidad parece que intenta saberlo todo, cuando sois Vos el único que lo sabe perfectísimamente. Hasta la ignorancia, tontería y necedad quiere cubrirse con el nombre de sencillez e inocencia; pero así, como nada hay más sencillo que Vos, tampoco puede haber cosa alguna más inocente que Vos, pues aun a los malos pecadores nada les hace mal y daño sino sus malas obras. La pereza pretende tranquilidad y quietud, pero ¿qué quietud hay cierta fuera del Señor? La superfluidad y lujo quiere tener el nombre de hartura y abundancia, pero Vos sois solamente la plenitud y abundancia indefectible de eternas suavidades. La prodigalidad y profusión aparenta y quiere ser un bosquejo de la liberalidad; pero Vos sois verdaderamente el único dador liberalísimo de todos los bienes. La avaricia quiere poseer muchas riquezas, siendo Vos quien las posee todas. La envidia solicita excelencia y singularidad, y ¿qué cosa puede haber tan excelente como Vos? La ira pretende venganzas, pero ¿quién se venga más justamente que Vos? El temor hace al hombre que se espante con los acontecimientos repentinos y extraordinarios, cuando éstos son contrarios a las cosas que ama, y cuya seguridad desea; pero ¿qué cosa hay nueva o extraordinaria ni repentina o imprevista para Vos?, o ¿quién tiene poder para quitaros lo que amáis?, o ¿en dónde sino en Vos está la verdadera e indefectible seguridad? La tristeza nos consume con la pena y sentimiento de haber perdido aquellos bienes con que nos deleitábamos, porque no quisiéramos perderlos nunca, así como a Vos nada se os puede quitar.
14. Ve aquí cómo el alma se hace delincuente, cuando se aparta de Vos, y busca fuera de Vos aquellos bienes que no los puede hallar cabales y sin mezcla hasta que se vuelve a Vos. Así todos los que se alejan de Vos y se rebelan contra Vos tiran a imitaros, aunque perversamente; y aun imitándoos así y contrahaciendo tan mal vuestras perfecciones, muestran que Vos sois el autor de la naturaleza y prueban, por consiguiente, que no hay donde poderse esconder ni retirarse enteramente de Vos.
Pues en aquel hurto, ¿qué bondad o hermosura fue la que yo amé?, ¿y qué hubo en aquella acción en que pudiese yo imitar a mi Dios y Señor, aunque mala y perversamente?, ¿por ventura el gusto que entonces tuve consistía en que obraba contra vuestra ley, atribuyéndome un poder falso y fingido (pues no podía ejecutarlo con verdadera y legítima autoridad), para imitar de este modo, siendo un vil esclavo, una parte de vuestra libertad e independencia3, por cuanto obraba impunemente lo que no era lícito, en lo que se descubre alguna sombra de poder absoluto y oscura semejanza de vuestra omnipotencia? Esto es como si un esclavo huyera de su señor y no cesara de seguir su sombra4.
¡Oh corrupción humana! ¡Oh vida monstruosa! ¡Oh abismo de la muerte! ¿Es posible que pudo deleitarme lo que no era lícito, no por otra causa sino porque no era lícito?
Notas
| El vicio… | …imita en Dios |
| soberbia | la grandeza |
| ambición | el honor y la gloria |
| crueldad del poderoso | el poder que se respeta |
| sensualidad | el amor, lo más delicioso |
| curiosidad | el conocimiento de todo |
| ignorancia | la sencillez y la inocencia |
| pereza | el descanso |
| lujo | la plenitud |
| prodigalidad | la generosidad |
| avaricia | la posesión de todo |
| envidia | la excelencia |
| ira | la justicia |
| temor | la seguridad |
| tristeza | no poder perder nada |
Comentario
Una de las intuiciones más profundas del libro. Cada vicio busca algo que de verdad es bueno y que solo existe completo en Dios. El soberbio quiere grandeza, el perezoso quiere descanso, el avaro quiere tenerlo todo: todos persiguen, sin saberlo, una caricatura de Dios. Incluso el pecado es un homenaje torcido.
Y eso da también la respuesta al enigma de las peras: lo que el muchacho saboreaba era la sensación de estar por encima de la ley, una pequeña parodia de la libertad absoluta de Dios.
¿Qué vicio de la lista reconoces en ti? ¿Qué bien verdadero estaba buscando, en el fondo?
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Capítulo VIIGracias por lo perdonado
Da gracias a Dios porque le ha perdonado sus pecados y porque le ha preservado de otros muchos
15. ¿Con qué agradeceré al Señor1 poder ahora acordarme de estas cosas sin que mi alma se atemorice ya ni tenga que temer por causa de ellas? Ámeos yo, Señor, y no cese de daros gracias y bendiga vuestro santo nombre, porque me perdonasteis tantas malas obras y tan abominables y perversas.
A vuestra gracia y misericordia atribuyo que hayáis deshecho mis pecados como se deshace el hielo2, y también os debo atribuir el haberme librado de cuantas malas obras dejé de hacer. ¿Y qué mal no pude hacer yo, que amé de balde y sin motivo alguno la maldad? Yo confieso que Vos me perdonasteis todos mis pecados, ya los que libre y espontáneamente cometí, ya los que guiado de vuestra gracia dejé de cometer.
¿Qué hombre hay que, si atiende y reconoce su fragilidad, se pueda atribuir osadamente a sí mismo su castidad e inocencia, para inferir de aquí que está menos obligado a amaros, como si él hubiera tenido menos necesidad de vuestra misericordia que los otros a quienes perdonasteis sus pecados por su verdadera conversión y penitencia?
Por lo cual, el que llamado de Vos siguió vuestro llamamiento y evitó aquellos desórdenes que él sabe ahora de mí mismo y que confieso haber ejecutado, no se burle de mí porque estuve enfermo, y me sanó aquel mismo que le preservó a él para que no enfermase3, o por mejor decir, para que enfermase menos; y así os debe amar tanto y aún más que yo, pues ve que el mismo remedio con que yo sané de las dolencias de mis pecados es el que le ha preservado a él de haberlas padecido.
Notas
Comentario
Un capítulo breve con una idea que desarma a los «buenos». El que nunca cayó en lo que cayó Agustín no tiene de qué presumir: si no cayó, fue también por gracia de Dios. Por eso debe amarlo tanto como el pecador perdonado, o más.
Es casi la frase de Jesús al revés: «al que poco se le perdona, poco ama» (Lucas 7,47). Agustín añade que también el que fue preservado tiene muchísimo que agradecer.
Capítulo VIIINo lo habría hecho solo
El gusto de obrar mal en compañía de otros fue lo que le movió a hacer aquel hurto
16. ¿Qué utilidad tuve yo, miserable de mí, en aquellas obras en que ahora me avergüenzo al acordarme de ellas1, y especialmente en aquel hurto, en que no amé otra cosa sino el hurto mismo? Nada amé más que eso, siendo eso mismo también nada, y yo más infeliz por eso mismo. Mas, no obstante, yo solo no hubiera hecho aquel hurto, según me acuerdo ahora del ánimo e intención que entonces tenía. Y, pues, deseé también allí la compañía de los otros delincuentes con quienes le hice, no será cierto que nada amé en el hurto sino el hurto mismo; antes bien se ha de inferir que amé otra nada2, porque también aquello nada es. ¿Qué ser es el que tiene en realidad de verdad? Pero ¿quién hay que pueda enseñarme acerca de esto que se me ofrece ahora preguntar y averiguar, sino el que ilumina mi entendimiento y aparta las tinieblas de ignorancia que hay en él?
Si yo hubiera amado entonces aquellas peras que hurté y hubiera deseado aprovecharme de ellas, pudiera también haberlas hurtado solo, contentándome con aquella especie de iniquidad que bastase a cumplir mi gusto, y no hubiera encendido o avivado mi apetito con la unión de las voluntades y de los ánimos de mis cómplices y compañeros. Mas no teniendo yo gusto ni deleite alguno en aquellas peras, le tenía en hacer aquel mal, acompañado de los otros, que cooperaban a él juntos conmigo.
Notas
Comentario
El análisis da un giro. Agustín dijo que amaba el robo «por sí mismo», pero ahora, haciendo memoria con honestidad, descubre algo más: solo nunca lo habría hecho. Lo que de verdad le atraía era hacerlo con los demás, la complicidad.
Fíjate en el método: Agustín no se queda con la primera explicación. Vuelve sobre sus recuerdos, se corrige y afina. Es una forma de examen de conciencia que vale la pena imitar.
Capítulo IXAmistad enemiga
De lo perjudicial y contagiosa que es la mala compañía
17. ¿Qué venía a ser este desordenado afecto de mi alma? Él sin duda era excesivamente malo y feo, y el daño era para mí, que le tenía en mi alma. Pero al fin, ¿qué era él en sí mismo? ¡Ah! ¿quién hay que conozca bien todos los pecados1? Era una grande gana de reír y celebrar entre nosotros con mucha complacencia de nuestro corazón que engañábamos y burlábamos a los dueños de las peras, que estaban muy ajenos de pensar lo que hacíamos, y tenían vehemente repugnancia a que lo hiciéramos. Pues ¿cómo yo tenía mi deleite y gusto en no ejecutarlo solo? ¿Será acaso porque ninguno a solas se ríe con gusto ni facilidad? Es cierto que así sucede comúnmente; mas no obstante eso, la risa suele alguna vez vencer a los hombres, aunque estén solos, cuando les ocurre a la imaginación o los sentidos alguna especie muy digna de reírse. Pero ello es cierto que si yo hubiera estado solo, no hubiera hecho aquel hurto.
Bien sabéis Vos, Dios mío, que esto es puntualmente lo que me dicta mi conciencia y me recuerda mi memoria acerca de aquel hecho. Yo solo no hubiera cometido aquel hurto, en que no me complacía lo que hurtaba, sino el hurtar, lo cual tampoco me hubiera dado gusto hacer a mis solas, y así no lo hubiera hecho.
¡Oh amistad enemiga y perniciosa!2, engaño imperceptible del alma, ansia de hacer mal por modo de juego o fiesta y apetito del daño ajeno, sin pretender en ello alguna utilidad y sin deseo alguno de venganza, sino solamente porque algunos digan: Vamos, hagamos3, pues da entonces vergüenza el no ser desvergonzado4.
Notas
Comentario
Mil quinientos años antes de la psicología social, Agustín describe con precisión cómo funciona un grupo que hace el mal: la risa compartida, la burla a la víctima, que ni se lo imagina, y el impulso colectivo que nadie quiere frenar para no quedar como el aburrido.
No condena la amistad, que en el capítulo 5 llamó «muy dulce». Condena esta versión torcida, que une a las personas para dañar. Por eso la llama «amistad enemiga».
Piensa en algún «¡Vamos, hagámoslo!» de tu vida. ¿Lo habrías hecho solo?
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Capítulo XLa región de la miseria
Que todo el bien está en Dios
18. ¿Quién podrá desenredar y aclarar esta retorcidísima y enredadísima complicación de nudos? Ciertamente que está fea y horrorosa; no quiero mirarla ni tampoco verla. Sólo a Vos quiero atender y mirar, justicia e inocencia cuya hermosura y pureza roba la atención de las almas castas; a Vos, que las embriagáis con tales delicias, que saciándose con ellas, nunca quedan hartas. En Vos es donde se halla perfectísimamente el descanso1 y la vida perpetua e inalterable. Los que entran a ser participantes de ella, entran en la alegría de su Señor2, sin tener ya que temer ni que desear, pues se hallan sumamente bien en el Bien sumo.
Yo me aparté de Vos, Dios mío, y anduve errante3 y descaminado, muy lejos de vuestra firmeza y estabilidad, durante mi juventud; y de este modo llegué a hacerme a mí mismo una solitaria región y país desierto, donde reinan la pobreza y la necesidad4.
Notas
Comentario
El libro II no termina con una conclusión intelectual. Después de tanto análisis, Agustín reconoce que el nudo de sus motivos es demasiado enredado, y deja de mirarlo. Prefiere mirar a Dios, donde está el descanso.
La última frase es una de las más hondas del libro: «llegué a hacerme a mí mismo una región de pobreza». El pecado no lo llevó a ningún sitio lejano; lo convirtió a él mismo en un desierto. Como el hijo pródigo, ya está en la tierra del hambre. Solo falta que decida volver.
El libro III empieza con tres palabras: «Vine a Cartago». La región de la pobreza tiene ahora un nombre concreto.
El libro II en un minuto
- A los 16 años, sin estudios y en casa, Agustín se deja llevar por el deseo: quería amar y ser amado, pero confundía el amor con el deseo desordenado (caps. 1–2).
- Patricio se sacrifica para pagarle los estudios en Cartago; Mónica le aconseja castidad; él desprecia esos consejos, que eran la voz de Dios (cap. 3).
- Para no parecer el más inocente del grupo, inventa pecados que no ha cometido (cap. 3).
- Una noche roba unas peras que no quería ni necesitaba, solo porque estaba prohibido (cap. 4).
- Nadie peca sin buscar algún bien; cada vicio imita torcidamente a Dios (caps. 5–6).
- Agradece los pecados perdonados y los que no llegó a cometer (cap. 7).
- Solo no lo habría hecho: fue la «amistad enemiga» del grupo (caps. 8–9).
- Lejos de Dios, se convirtió a sí mismo en una región de pobreza (cap. 10).
Comprueba lo que leíste
1. ¿Qué edad tiene Agustín en el libro II?
Lo repite varias veces: «el año decimosexto de mi edad» (cap. 2).
2. ¿Por qué tuvo que interrumpir los estudios aquel año?
Su padre, de pocos recursos, juntaba los fondos (cap. 3).
3. ¿Qué juego de palabras latino conserva el traductor con «culto / sin cultivo»?
Elocuente (disertus) por fuera, desierto (desertus) por dentro (cap. 3).
4. ¿Qué hicieron con la mayoría de las peras?
Solo probaron unas pocas (cap. 4).
5. Según el capítulo 5, ¿por qué peca normalmente la gente?
Hasta Catilina tenía sus motivos (cap. 5).
6. Según el capítulo 6, ¿qué imita la soberbia?
Cada vicio imita torcidamente algo que solo en Dios existe de verdad.
7. ¿Habría robado las peras estando solo?
«Si yo hubiera estado solo, no hubiera hecho aquel hurto» (cap. 9).
Hazlo oración
El capítulo 7 sugiere una oración sencilla, en dos columnas. Toma unos minutos para hacerla:
- Lo perdonado. Recuerda algo de lo que Dios ya te perdonó, y da gracias por ello.
- Lo evitado. Recuerda una ocasión en que pudiste caer y no caíste. Agustín diría que eso también fue gracia: da gracias igual.
- La compañía. Piensa en las amistades que te acercan a Dios y en las que te alejan. Pide luz para las segundas.
- El descanso. Termina con la frase del capítulo 10: «Sólo a Vos quiero atender y mirar».
Lo que viene: el libro III
El libro III empieza con tres palabras: «Vine a Cartago». Agustín tiene 17 años y llega a la gran ciudad, donde lo envuelve, dice con un juego de palabras, «un hervidero de amores vergonzosos». Le apasiona el teatro, donde llora con las desgracias inventadas de los personajes, y se enamora.
A los 19 años lee el Hortensio de Cicerón y se enciende en él un amor nuevo: el amor a la sabiduría. Pero la Biblia le parece pobre de estilo, y cae en la secta de los maniqueos. Mónica llora por él noche y día, y un obispo le dice la frase que la sostendrá durante años: es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas.