Beata Sor María Romero
«Con la Virgen todo lo puedo; sin ella, nada.»
María Romero Meneses nació en Granada, Nicaragua, el 13 de enero de 1902, en una familia acomodada. Pintaba, tocaba violín y piano — hasta que una enfermedad grave en la adolescencia, de la que se supo curada por intercesión de María Auxiliadora, le cambió el rumbo: entró con las Hijas de María Auxiliadora, las salesianas, y en 1931 fue enviada a Costa Rica. Ya no se fue más.
En San José empezó por lo que tenía a mano: catequesis con niñas pobres en los barrios. De ahí nacieron oratorios, talleres para muchachas, un comedor, una clínica gratuita atendida por médicos amigos que no le sabían decir que no, y las famosas «casitas»: barrios enteros de viviendas dignas levantadas para familias sin techo. Todo sin plata, o más bien, con una plata que aparecía siempre a última hora — ella decía tranquila que la Providencia no llega tarde.
Los que la conocieron cuentan lo mismo: una monjita menuda, de una dulzura desarmante, que pasaba horas ante el Sagrario y luego negociaba terrenos y materiales como la mejor administradora. Costa Rica la adoptó como suya; ella decía que tenía dos patrias y una sola Madre, la Auxiliadora, a la que le atribuía todo lo que le salía bien — es decir, todo.
Murió el 7 de julio de 1977 en Las Peñitas, Nicaragua, y sus restos descansan en San José, donde su obra sigue viva. San Juan Pablo II la beatificó el 14 de abril de 2002: la primera beata de Centroamérica. Para nosotros tiene un cariño especial doble: es la santidad hecha en esta tierra, y es hija de María Auxiliadora — la misma Virgen coronada, con el Niño en brazos, que tallamos e imprimimos tantas veces en el taller.
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