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Génesis 3 · La caída
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Génesis

Génesis 3: La caída

24 versículos · 28 notas · 4 min de lecturaPara profundizar · Pausa

El capítulo más decisivo para entender el resto de la Biblia. Con imágenes sencillas (un árbol, una serpiente, unas hojas de higuera) cuenta algo que todos conocemos por dentro: la sospecha hacia Dios, la tentación de decidir por cuenta propia, la vergüenza, las excusas y la ruptura de todas las relaciones. Tiene tres partes: la tentación y la caída (vv. 1-7), el interrogatorio de Dios y sus sentencias (vv. 8-19) y la salida del jardín (vv. 20-24). El Catecismo explica que usa un lenguaje de imágenes, pero afirma un acontecimiento real (n. 390). Y el capítulo no termina en la condena: contiene la primera promesa de salvación.

La tentación

1Era la serpiente1 el animal más astuto de todos cuantos animales había hecho el Señor Dios sobre la tierra. Y dijo a la mujer: ¿Por qué motivo os ha mandado Dios que no comieseis de todos los árboles del paraíso?22A la cual respondió la mujer: Del fruto de los árboles, que hay en el paraíso, sí comemos; 3mas del fruto de aquel árbol que está en medio del paraíso, nos mandó Dios que no comiésemos, ni le tocásemos siquiera, para que no muramos. 4Dijo entonces la serpiente a la mujer: ¡Oh! ciertamente que no moriréis3. 5Sabe Dios que en cualquier tiempo que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses4, conocedores de todo, del bien y del mal.

6Vio, pues, la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer, y bello a los ojos y de aspecto deleitable5, y cogió del fruto y le comió: dio también de él a su marido6, el cual comió. 7Luego se les abrieron a ambos los ojos7; y como echasen de ver que estaban desnudos, cosieron o se acomodaron unas hojas de higuera, y se tuvieron unos delantales o ceñidores8.

Dios busca al hombre

8Y habiendo oído la voz del Señor Dios que se paseaba en el paraíso9 al tiempo que se levanta el aire después de mediodía10, se escondió Adán con su mujer de la vista del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso. 9Entonces el Señor Dios llamó a Adán, y le dijo: ¿Dónde estás?1110El cual respondió: He oído tu voz en el paraíso, y he temido12 y llenádome de vergüenza porque estoy desnudo, y así me he escondido. 11Le replicó: ¿Pues quién te ha hecho advertir que estás desnudo, sino el haber comido del fruto de que yo te había vedado que comieses? 12Respondió Adán: La mujer, que tú me diste por compañera13, me ha dado del fruto de aquel árbol, y le he comido. 13Y dijo el Señor Dios a la mujer: ¿Por qué has hecho tú esto? La cual respondió: La serpiente me ha engañado, y he comido.

Las consecuencias del pecado

14Dijo entonces el Señor Dios a la serpiente: Por cuanto hiciste esto, maldita tú eres o seas14 entre todos los animales y bestias de la tierra; andarás arrastrando sobre tu pecho, y tierra comerás15 todos los días de tu vida. 15Yo pondré enemistades entre ti y la mujer16, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza17, y andarás acechando a su calcañar18.

16Dijo asimismo a la mujer: Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces; con dolor parirás los hijos19 y estarás bajo la potestad o mando de tu marido; y él te dominará20.

17Y a Adán le dijo: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y comido del árbol de que te mandé no comieses, maldita sea la tierra por tu causa21; con grandes fatigas sacarás de ella el alimento en todo el discurso de tu vida. 18Espinas y abrojos22 te producirá, y comerás de los frutos que den las hierbas o plantas de la tierra. 19Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan23, hasta que vuelvas a confundirte con la tierra de que fuiste formado; puesto que polvo eres, y a ser polvo tornarás24.

Fuera del paraíso

20Y Adán puso a su mujer el nombre de Eva25, esto es, Vida, atento a que había de ser madre de todos los vivientes. 21Hizo también el Señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles26, y los vistió,

22y dijo: Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros27, conocedor del bien y del mal; ahora pues, echémosle de aquí no sea que alargue su mano, y tome también del fruto del árbol de conservar la vida, y coma de él, y viva para siempre. 23Y le echó el Señor Dios del paraíso de deleites, para que labrase la tierra, de que fue formado. 24Y desterrado Adán, colocó Dios delante del paraíso de delicias un querubín con espada de fuego28, que andaba alrededor para guardar el camino que conducía al árbol de la vida.

Para profundizar3 min

El pecado original

Pocas doctrinas cristianas se malentienden tanto como la del pecado original. No es una fábula sobre una manzana (el texto habla solo de un «fruto»), ni significa que un recién nacido sea culpable de algo que haya hecho. El Catecismo explica que el relato de Génesis 3 usa un lenguaje de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre (n. 390). La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por una falta original cometida libremente por nuestros primeros padres.

¿En qué consistió ese pecado? El Catecismo lo describe como una falta de confianza en Dios y un mal uso de la libertad: el hombre prefirió su propio juicio al de Dios y quiso ser «como Dios», pero sin Dios (n. 397-398). Las consecuencias son las que el capítulo describe: se pierde la santidad y la justicia originales; la armonía interior se rompe; la relación entre el hombre y la mujer se vuelve tensa; la creación se hace hostil y la muerte entra en la historia (n. 399-400).

Lo más difícil de entender es cómo ese pecado alcanza a todos. San Pablo lo expresa en paralelo con Cristo: por un hombre entró el pecado en el mundo, y por un hombre, Jesucristo, llega la gracia en abundancia (Rom 5,12-21). La Iglesia enseña que el pecado original se transmite por propagación, no por imitación, y que en cada uno de nosotros es un pecado «contraído» y no «cometido»: un estado, no un acto personal (Catecismo, n. 404). Es la privación de la santidad original con la que Dios quería que naciéramos. La naturaleza humana no queda totalmente corrompida, pero sí herida, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y a la muerte, e inclinada al pecado; a esa inclinación se le llama concupiscencia, y permanece después del Bautismo para el combate de la vida cristiana (n. 405).

La doctrina se precisó en la polémica de san Agustín contra Pelagio, a comienzos del siglo V. Pelagio pensaba que el pecado de Adán solo nos afecta como mal ejemplo y que el hombre puede salvarse con sus fuerzas; Agustín defendió que todos necesitamos la gracia de Cristo para ser salvados. Los concilios de Cartago (418) y Orange (529) siguieron a Agustín, y el concilio de Trento, en su sesión V (1546), formuló la doctrina contra las interpretaciones de la Reforma. Las Iglesias orientales, por su parte, subrayan sobre todo la herencia de la mortalidad y de la corrupción.

Hoy la ciencia plantea preguntas nuevas, sobre todo acerca del origen de la humanidad a partir de una población, y no de una sola pareja. Pío XII escribió en 1950 que no se veía cómo esa hipótesis podía conciliarse con la doctrina del pecado original (Humani generis, n. 37). Desde entonces, teólogos católicos han propuesto distintas explicaciones, y la cuestión sigue abierta al estudio; lo que la Iglesia mantiene es el núcleo: un hecho real, al principio, en el que la libertad humana se apartó de Dios, y cuyas consecuencias alcanzan a todos.

¿Por qué importa esta doctrina? El Catecismo dice que es, por así decir, «el reverso» de la Buena Nueva: Jesús es el Salvador de todos los hombres, y todos necesitan la salvación (n. 389). Sin el pecado original no se entiende para qué vino Cristo. Además, la doctrina describe con realismo lo que todos experimentamos: queremos el bien y a menudo hacemos el mal (Rom 7,19), y el concilio Vaticano II observa que la experiencia confirma lo que la Revelación enseña (Gaudium et spes, n. 13). Y no es la última palabra: ya en este capítulo Dios promete la victoria de la descendencia de la mujer (3,15). La Iglesia confiesa que María fue preservada del pecado original desde su concepción, en vista de los méritos de su Hijo (Pío IX, Ineffabilis Deus, 1854; Catecismo, n. 491). Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5,20).

Pausa

Dos o tres preguntas, una oración breve y espacio para escribir.

  1. ¿Dónde reconoces en ti la tentación de decidir por tu cuenta lo que está bien y lo que está mal, sin preguntarle a Dios?
  2. Dios pregunta: «¿Dónde estás?». Respóndele con sinceridad: ¿dónde estás hoy?
  3. Adán y Eva se excusan culpando a otro. ¿A quién o a qué sueles culpar tú?
Para orarDios te salve, María… (Reza un avemaría pensando en María como la nueva Eva, que dijo «sí» donde Eva dijo «no».)
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Las 28 notas del capítulo
  1. 1FeGn 3,1

    «la serpiente»

    En los cultos cananeos la serpiente era símbolo de fertilidad y de magia, y en la Epopeya de Gilgamesh es una serpiente la que roba al héroe la planta de la juventud. La Biblia posterior la identifica con el diablo: «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab 2,24); «la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás» (Ap 12,9). La Iglesia enseña que detrás de la tentación hay un ángel caído (Catecismo, n. 391-395).

  2. 2ContextoGn 3,1

    «de todos los árboles del paraíso?»

    La primera estrategia del tentador es exagerar: Dios no había prohibido todos los árboles, sino uno solo. Así presenta a Dios como un tirano celoso. La mujer lo corrige, pero también exagera: añade «ni le tocásemos siquiera» (v. 3), que Dios no había dicho.

  3. 3ConexiónGn 3,4

    «ciertamente que no moriréis»

    La serpiente contradice abiertamente la palabra de Dios: es la primera mentira de la Biblia. Jesús dirá que el diablo «es mentiroso y padre de la mentira» y que fue «homicida desde el principio» (Jn 8,44): con su mentira trae la muerte que niega. Primero sembró la duda (v. 1), después la negación (v. 4) y al final la sospecha sobre las intenciones de Dios (v. 5).

  4. 4FeGn 3,5

    «seréis como dioses»

    En la Vulgata: eritis sicut dii; el hebreo puede leerse «como dioses» o «como Dios», y Torres Amat traduce scientes por «conocedores» y añade la glosa «de todo». Este es el centro de toda tentación: ser como Dios, pero sin Dios y contra Dios (Catecismo, n. 398). La ironía es que el hombre ya era imagen de Dios (1,27): la serpiente le ofrece como robo lo que ya tenía como regalo.

  5. 5ConexiónGn 3,6

    «era bueno para comer, y bello a los ojos y de aspecto…»

    Tres atractivos: el apetito, los ojos y el deseo de poseer el saber. San Juan habla de «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» (1 Jn 2,16). Jesús vence en el desierto tres tentaciones parecidas (Mt 4,1-11): donde Adán cayó en un jardín, Cristo vence en el desierto.

  6. 6ContextoGn 3,6

    «dio también de él a su marido»

    El hebreo dice que el marido estaba «con ella», y no dijo nada. Contra la lectura que culpa solo a la mujer, la Biblia hace responsable a Adán: «por un hombre entró el pecado en el mundo» (Rom 5,12).

  7. 7ConexiónGn 3,7

    «se les abrieron a ambos los ojos»

    Se cumple la promesa de la serpiente, pero al revés: los ojos se abren para ver la propia desnudez. San Lucas usa la misma expresión de la traducción griega al contar lo que ocurrió en Emaús: al partir el pan, «se les abrieron los ojos» y reconocieron a Jesús (Lc 24,31). Lo que una comida cerró en el jardín, otra comida, la Eucaristía, lo abre.

  8. 8ContextoGn 3,7

    «delantales o ceñidores»

    Se les abren los ojos, como prometió la serpiente, pero lo que ven es su propia desnudez. Antes no había vergüenza (2,25); ahora el cuerpo se vuelve algo que esconder. Las hojas de higuera, grandes y fuertes, eran las más adecuadas de la región para cubrirse.

  9. 9ConexiónGn 3,8

    «la voz del Señor Dios que se paseaba en el paraíso»

    El verbo «pasearse» (en hebreo, mithallek) es el mismo con que Dios promete su presencia en medio de su pueblo, en el santuario: «me pasearé en medio de vosotros y seré vuestro Dios» (Lv 26,12; ver 2 Sam 7,6). El Edén se describe como el primer lugar de encuentro entre Dios y el hombre, que el Apocalipsis ve restaurado al final: «esta es la morada de Dios con los hombres» (Ap 21,3).

  10. 10PalabraGn 3,8

    «al tiempo que se levanta el aire después de mediodía»

    El hebreo dice «a la brisa del día», la hora de la tarde en que refresca. Dios es descrito como alguien que pasea por su jardín: una imagen de amistad y de trato familiar. Ahora el hombre se esconde de Aquel con quien antes conversaba.

  11. 11FeGn 3,9

    «¿Dónde estás?»

    Es la primera pregunta de Dios al hombre en la Biblia. Dios sabe dónde está Adán; la pregunta es una invitación a reconocer dónde ha quedado. Después del pecado no es el hombre quien busca a Dios, sino Dios quien sale a buscar al hombre (Catecismo, n. 410). Toda la Biblia se puede leer como la historia de esa búsqueda.

  12. 12FeGn 3,10

    «he temido»

    Es la primera vez que aparece el miedo en la Biblia. El hombre, que antes conversaba con Dios, ahora le teme y se esconde: la confianza ha sido sustituida por la sospecha. El Catecismo dice que Adán y Eva tienen miedo de un Dios del que se han hecho una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus privilegios (n. 399). San Juan dirá: «en el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor» (1 Jn 4,18).

  13. 13ContextoGn 3,12

    «La mujer, que tú me diste por compañera»

    Adán culpa a la mujer y, de paso, a Dios («la que tú me diste»); la mujer culpa a la serpiente, aunque reconoce que fue engañada (ver 2 Cor 11,3). Nadie dice «he pecado». La primera consecuencia del pecado es la ruptura de las relaciones: con Dios, con el prójimo y con la tierra (Laudato si', n. 66), y también la armonía interior (Catecismo, n. 400).

  14. 14FeGn 3,14

    «maldita tú eres o seas»

    Dios maldice a la serpiente y, en el v. 17, a la tierra, pero nunca al hombre ni a la mujer: a ellos les anuncia las consecuencias de su pecado, no una maldición. Torres Amat añade «o seas» para mostrar que la frase puede leerse como constatación o como sentencia. El primer ser humano maldecido en la Biblia será Caín, el asesino (4,11).

  15. 15ContextoGn 3,14

    «andarás arrastrando sobre tu pecho, y tierra comerás»

    Expresiones de humillación total: todavía decimos «morder el polvo» por ser derrotado, y en los textos antiguos los enemigos vencidos «lamen el polvo» a los pies del rey (Sal 72,9). Dios interroga al hombre y a la mujer, pero a la serpiente no le pregunta nada: con el mal no hay diálogo.

  16. 16FeGn 3,15

    «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer»

    Es el Protoevangelio, el «primer evangelio»: el primer anuncio de que el mal será vencido por un descendiente de la mujer (Catecismo, n. 410-411). Los Padres vieron en Cristo al nuevo Adán y en María a la nueva Eva; san Ireneo escribió que el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María (Contra las herejías III,22,4). Jesús llama a su madre «Mujer» en Caná y en la cruz (Jn 2,4; 19,26).

  17. 17PalabraGn 3,15

    «ella quebrantará tu cabeza»

    El hebreo usa un pronombre masculino, «él» o «este», referido a la descendencia; la traducción griega también lo entendió de un descendiente. La Vulgata lee ipsa, «ella» (aunque el propio san Jerónimo reconocía en otra obra que el hebreo dice «él»), y la tradición latina lo leyó de María, la Inmaculada que aplasta a la serpiente (Pío IX lo cita en Ineffabilis Deus, 1854; ver también Lumen gentium, n. 55). Las dos lecturas se iluminan: Cristo vence, y María está asociada a su victoria. De ahí las imágenes de la Virgen con una serpiente bajo los pies.

  18. 18PalabraGn 3,15

    «andarás acechando a su calcañar»

    El calcañar es el talón. La serpiente puede herir el talón, pero el pie le aplasta la cabeza: una herida no mortal frente a una derrota definitiva. Los Padres lo leyeron de la Pasión: Cristo es herido, pero vence. El hebreo usa el mismo verbo, shuf, para las dos acciones, «herir» la cabeza y «herir» el talón; la Vulgata lo traduce de dos maneras.

  19. 19PalabraGn 3,16

    «con dolor parirás los hijos»

    La palabra hebrea para el dolor del parto (itsavón) es la misma que se usa en el v. 17 para las fatigas del hombre al trabajar la tierra: los dos ámbitos de la vida, dar la vida y ganar el pan, quedan marcados por el esfuerzo. En 6,6 la misma raíz describirá el dolor de Dios ante el pecado del hombre. Jesús usará la imagen de la mujer que da a luz para hablar de una tristeza que se convierte en alegría (Jn 16,21).

  20. 20FeGn 3,16

    «y él te dominará»

    Este dominio no es un mandato de Dios, sino la descripción de lo que el pecado hace en la pareja: donde había comunión, ahora hay lucha de poder. San Juan Pablo II explicó que ese dominio rompe la igualdad querida por Dios y que el Evangelio llama a superarlo (Mulieris dignitatem, n. 10).

  21. 21ConexiónGn 3,17

    «maldita sea la tierra por tu causa»

    El pecado del hombre no es un asunto privado: afecta a toda la creación. San Pablo dirá que la creación «fue sometida a la vanidad» y gime con dolores de parto, esperando ser liberada para participar de la libertad de los hijos de Dios (Rom 8,20-22). La tierra no es mala: sufre las consecuencias de la ruptura entre el hombre y Dios (ver nota a 3,12).

  22. 22PalabraGn 3,18

    «Espinas y abrojos»

    Los abrojos son plantas espinosas de los campos. El trabajo no es un castigo en sí (Adán ya cultivaba el jardín, 2,15): lo que cambia es la fatiga y la resistencia de la tierra. Jesús será coronado de espinas: carga sobre sí la maldición.

  23. 23FeGn 3,19

    «Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan»

    San Juan Pablo II comentó este versículo en su encíclica sobre el trabajo, Laborem exercens (1981): el esfuerzo de cada día, unido a Cristo, se convierte en participación en su cruz y en su obra redentora (n. 9 y 27). El pan ganado con sudor es el que la Iglesia presenta en el altar como «fruto de la tierra y del trabajo del hombre».

  24. 24FeGn 3,19

    «polvo eres, y a ser polvo tornarás»

    Con estas palabras se imponen las cenizas el Miércoles de Ceniza: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» (en latín, Memento, homo, quia pulvis es). Recuerdan nuestra fragilidad al comenzar la Cuaresma. El hombre, sacado de la adamá, vuelve a ella; la fe cristiana espera la resurrección de ese mismo cuerpo.

  25. 25PalabraGn 3,20

    «el nombre de Eva»

    En hebreo Javá, emparentado con jayá, «vivir». En medio de la sentencia de muerte, Adán pone un nombre de vida: un primer gesto de esperanza. El himno medieval Ave maris stella juega con las letras: el «Ave» del ángel a María invierte el nombre de «Eva» (mutans Evae nomen).

  26. 26FeGn 3,21

    «unas túnicas de pieles»

    Antes de expulsarlos, Dios mismo los viste. Es el primer gesto de misericordia después del pecado: Dios corrige, pero no abandona. Algunos Padres vieron también en las pieles la condición mortal que el hombre debe llevar desde entonces.

  27. 27PalabraGn 3,22

    «se ha hecho como uno de nosotros»

    Hay ironía: el hombre quería ser como Dios y ahora «conoce» el bien y el mal, pero desde la experiencia del mal. Impedirle el acceso al árbol de la vida es también una protección; algunos Padres, como san Ireneo, vieron ahí una misericordia: que el mal no se volviera inmortal.

  28. 28ContextoGn 3,24

    «un querubín con espada de fuego»

    Los querubines no son niños alados (esos son los putti del arte renacentista). En Mesopotamia había figuras de guardianes con cuerpo de animal y alas a las puertas de templos y palacios. En la Biblia custodian lo santo: dos querubines de oro cubrían el Arca de la Alianza (Éx 25,18-22). Jesús en la cruz vuelve a abrir la puerta: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).