Antes de empezar
El libro de los comienzos
El Génesis es el primer libro de la Biblia y del Pentateuco, los cinco libros que los judíos llaman Torá, «la Ley». En hebreo se titula Bereshit, «En el principio», por su primera palabra; el nombre «Génesis», que significa «origen», viene de la traducción griega.
Los capítulos 1 a 11 forman la llamada historia de los orígenes: la creación, el pecado, su expansión y la respuesta de Dios, hasta la torre de Babel. Desde el capítulo 12 comienza la historia de los patriarcas: Abrahán, Isaac, Jacob y José.
El propio libro marca sus partes con una fórmula que se repite: «Estas son las generaciones de…», en hebreo toledot, la historia de una familia. Aparece once veces y articula el Génesis en diez «generaciones» (la de Esaú se repite en 36,1 y 36,9). Cada una cuenta lo que salió de alguien: el libro avanza de la creación entera a una sola familia, y por ella a todos los pueblos.
| Cita | Generaciones de… | Qué se cuenta |
|---|---|---|
| 2,4 | el cielo y la tierra | El Edén, la caída, Caín y Abel |
| 5,1 | Adán | De Adán a Noé |
| 6,9 | Noé | El diluvio y la alianza |
| 10,1 | los hijos de Noé | Los pueblos; Babel |
| 11,10 | Sem | De Sem a Taré |
| 11,27 | Taré | Abrahán |
| 25,12 | Ismael | Las tribus de Arabia |
| 25,19 | Isaac | Esaú y Jacob |
| 36,1.9 | Esaú | Edom y sus reyes |
| 37,2 | Jacob | José y sus hermanos |
| 12 – 25 | Abrahán, padre en la fe |
| 26 – 28 | Isaac; Jacob recibe la bendición y huye |
| 29 – 31 | Jacob en casa de Labán |
| 32 – 36 | Jacob se convierte en Israel; Esaú y Edom |
| 37 – 45 | José, vendido por sus hermanos y gobernador de Egipto |
| 46 – 50 | Israel en Egipto; la muerte de Jacob y de José |
Quién lo escribió
La tradición atribuye el Pentateuco a Moisés. Los estudiosos reconocen que el texto que tenemos reunió tradiciones antiguas a lo largo de varios siglos y alcanzó su forma final hacia los siglos VI y V a. C. La Iglesia acoge estos estudios y confiesa a la vez que Dios es el autor de la Escritura, que se valió de autores humanos verdaderos (concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 11).
Durante el siglo XIX se propuso que el Pentateuco combina varias fuentes: una que llama a Dios «Yahvé» desde el principio (llamada yahvista), otra más atenta al culto, las genealogías y las fechas (sacerdotal), y otras dos más. Hoy los especialistas discuten mucho sobre el número, la extensión y la fecha de esas fuentes, pero casi todos admiten que el libro creció por etapas. A comienzos del siglo XX la Pontificia Comisión Bíblica defendió con cautela la autoría sustancial de Moisés; en 1948, en una carta al cardenal Suhard, reconoció que ya nadie dudaba de la existencia de fuentes en el Pentateuco y pidió estudiar sin prejuicios el género literario de los capítulos 1 a 11. Un indicio sencillo, que señalan las notas, es que el texto usa a veces nombres y situaciones de siglos posteriores, como cuando habla de los reyes que reinaron en Edom «antes que los hijos de Israel tuviesen rey» (36,31).
Cómo leerlo
Para entender lo que Dios quiso decir, hay que atender a los géneros literarios (Dei Verbum, n. 12). Estos capítulos no responden a cuántos millones de años tiene el universo ni a cómo se formaron las especies; de eso se ocupan las ciencias. Responden a otras preguntas: quién está en el origen de todo y para qué existimos. Enseñan que hay un solo Dios que crea libremente, que todo lo creado es bueno, que el ser humano es imagen de Dios, que el mal entra por la libertad humana y que Dios no abandona a su criatura.
El Catecismo dice que la Escritura presenta la obra de la creación simbólicamente como una semana de trabajo (n. 337), y que el relato de la caída usa un lenguaje de imágenes pero afirma un acontecimiento real ocurrido al comienzo de la historia humana (n. 390).
La tradición de la Iglesia distingue dos grandes sentidos de la Escritura (Catecismo, nn. 115-118). El sentido literal es lo que el autor quiso decir, y todo se apoya en él. El sentido espiritual descubre en los hechos y personajes signos de Cristo y de la vida cristiana: el arca de Noé y el bautismo, Melquisedec y la Eucaristía, el sacrificio de Isaac y la cruz, José vendido y exaltado. Un dístico medieval que cita el Catecismo lo resume: «la letra enseña los hechos; la alegoría, lo que has de creer; el sentido moral, lo que has de hacer; el anagógico, hacia dónde tiendes» (n. 118).
Para un cristiano, la clave última es Cristo. Jesús resucitado, «comenzando por Moisés», explicó a los discípulos de Emaús lo que las Escrituras decían de él (Lc 24,27). San Agustín lo formuló en una frase que recoge el Vaticano II: el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, y el Antiguo se hace claro en el Nuevo (Dei Verbum, n. 16). Eso no borra el valor propio del Génesis, que fue Palabra de Dios para Israel mucho antes de Cristo, y que el pueblo judío sigue leyendo hoy como su Torá.
Israel vivía rodeado de pueblos con sus propios relatos de creación y de diluvio, como el Enuma Elish, el Atrahasis o la Epopeya de Gilgamesh. El Génesis toma algunas de sus imágenes, pero cambia su mensaje: no hay dioses peleando entre sí, y el ser humano no es un esclavo de los dioses sino su imagen. Las notas señalan estos contrastes.
Los relatos de los patriarcas (capítulos 12 a 50) tienen otro carácter. No hay testimonios de Abrahán, Isaac o Jacob fuera de la Biblia, pero sus historias conservan recuerdos antiguos de familias de pastores seminómadas, contados y releídos durante siglos, a veces con nombres y costumbres de épocas posteriores que las notas señalan. La Biblia no idealiza a los patriarcas: muestra sus miedos, sus engaños y sus violencias, y cómo Dios cumple su promesa a pesar de ellos. La historia de José (capítulos 37 a 50) es una narración larga y unitaria, casi una novela, en la que Dios no se aparece a José ni le habla (solo habla una vez, a Jacob, en 46,2-4), pero lo guía todo desde dentro de los acontecimientos.
Algunos capítulos terminan con un breve ensayo, Para profundizar, sobre las grandes cuestiones que plantea el Génesis: la creación y la ciencia, el pecado original, el diluvio y los relatos de Mesopotamia, la historia de los patriarcas, la Aquedá, las páginas oscuras de la Biblia, el Mesías o la providencia. Todos aparecen en el índice.
Sobre esta traducción
El texto es el de la Sagrada Biblia traducida por Félix Torres Amat (1772-1847), obispo de Astorga, publicada entre 1823 y 1825. Está hecha desde la Vulgata, la Biblia latina de san Jerónimo (hacia el año 400), cotejada con los textos hebreo y griego, y fue durante más de un siglo la Biblia católica más difundida en español.
Su español tiene doscientos años, y las notas explican las palabras que hoy suenan extrañas. Fíjate en una costumbre del traductor: cuando una palabra podía resultar oscura, añadía otra unida con «o», como en «firmamento o una gran extensión» o «reposó o cesó». Son aclaraciones suyas, no palabras del original. Donde la Vulgata se aparta del hebreo, las notas lo indican.